El chaval entró en la oficina con aire indeciso, mirando a un lado y otro, con el típico aire de quien se mueve en el terreno de lo clandestino o, como mínimo, poco ortodoxo. Se acercó a la mesa libre y formuló una extraña pregunta.
—¿Qué carreras no se pueden estudiar en Murcia? —preguntó el chaval.
—¿En Murcia o fuera de Murcia? —quiso precisar el informador.
—Fuera, fuera. Si pudiera ser… ¿Granada? —aclaró el muchacho.
Mi compañero hizo una consulta rápida y le informó de que en Granada por aquel entonces se podían estudiar carreras como Geología, Educación Física o Periodismo que aún no estaban implantadas en la Universidad de Murcia.
El chico sonrió, satisfecho, y se despidió, no sin antes hacer una petición no menos extraña que la anterior.
—Muchas gracias. Y por favor, vosotros no me habéis visto. Si me volvéis a ver por aquí hacemos como que no nos hemos visto nunca —pidió él.
No quedó muy claro en ése momento qué tramaba el muchacho, aunque lo sabríamos pronto. Un pacto es un pacto y así lo cumplimos cuando, esa misma mañana, apareció de nuevo el muchacho, esta vez acompañado de su padre.
Entraron los dos, padre e hijo, y fueron directos a la misma mesa en la que apenas un par de horas antes había estado el chico, pero entonces sin escolta paterna. En esa segunda visita el muchacho se movía con aire tímido, desbordando inocencia por cada uno de sus poros.
—Hola ¿Qué tal? ¿Qué desean? —saludó mi compañero, impostando un tono tan impersonal y tan falso que tanto él como el resto de la oficina tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa.
—Pues el chico, que quiere estudiar en la universidad y venimos a ver cómo va eso —dijo el padre de la criatura.
—¿Y qué quieres estudiar? —le preguntó el compañero directamente al chaval.
—Geología.
—Pues Geología es una carrera que no se puede estudiar en la Universidad de Murcia, pero sí la tienes en Madrid… o en Granada.
—Vaya —dijo el muchacho con un tono de decepción que hasta parecía legítimo. Bajó la cabeza y permaneció en silencio con aire triste.
De no ser porque los compañeros ya eran conscientes del ardid del muchacho a buen seguro que a alguien se le habría escapado alguna lagrimilla de pura empatía con la desdicha del chico. Pero no era el caso.
—Tú no te preocupes. Te he dicho que te pagaría la carrera que quisieras estudiar, y si no es en Murcia que sea donde tenga que ser —dijo el señor, orgulloso.
Tras aclarar otras cuestiones menores relacionadas con esa consulta se despidieron y salieron los dos de la oficina. Apenas un par de segundos después de cerrarse la puerta ésta volvió a abrirse.
—¡Gracias! —dijo el chaval casi en un susurro y con una sonrisa de oreja a oreja.
