jueves, 22 de septiembre de 2022

Estudiar fuera


El chaval entró en la oficina con aire indeciso, mirando a un lado y otro, con el típico aire de quien se mueve en el terreno de lo clandestino o, como mínimo, poco ortodoxo. Se acercó a la mesa libre y formuló una extraña pregunta.

—¿Qué carreras no se pueden estudiar en Murcia? —preguntó el chaval.

—¿En Murcia o fuera de Murcia? —quiso precisar el informador.

—Fuera, fuera. Si pudiera ser… ¿Granada? —aclaró el muchacho.

Mi compañero hizo una consulta rápida y le informó de que en Granada por aquel entonces se podían estudiar carreras como Geología, Educación Física o Periodismo que aún no estaban implantadas en la Universidad de Murcia.

El chico sonrió, satisfecho, y se despidió, no sin antes hacer una petición no menos extraña que la anterior.

—Muchas gracias. Y por favor, vosotros no me habéis visto. Si me volvéis a ver por aquí hacemos como que no nos hemos visto nunca —pidió él.

No quedó muy claro en ése momento qué tramaba el muchacho, aunque lo sabríamos pronto. Un pacto es un pacto y así lo cumplimos cuando, esa misma mañana, apareció de nuevo el muchacho, esta vez acompañado de su padre.

Entraron los dos, padre e hijo, y fueron directos a la misma mesa en la que apenas un par de horas antes había estado el chico, pero entonces sin escolta paterna. En esa segunda visita el muchacho se movía con aire tímido, desbordando inocencia por cada uno de sus poros.

—Hola ¿Qué tal? ¿Qué desean? —saludó mi compañero, impostando un tono tan impersonal y tan falso que tanto él como el resto de la oficina tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa.

—Pues el chico, que quiere estudiar en la universidad y venimos a ver cómo va eso —dijo el padre de la criatura.

—¿Y qué quieres estudiar? —le preguntó el compañero directamente al chaval.

—Geología.

—Pues Geología es una carrera que no se puede estudiar en la Universidad de Murcia, pero sí la tienes en Madrid… o en Granada.

—Vaya —dijo el muchacho con un tono de decepción que hasta parecía legítimo. Bajó la cabeza y permaneció en silencio con aire triste.

De no ser porque los compañeros ya eran conscientes del ardid del muchacho a buen seguro que a alguien se le habría escapado alguna lagrimilla de pura empatía con la desdicha del chico. Pero no era el caso.

—Tú no te preocupes. Te he dicho que te pagaría la carrera que quisieras estudiar, y si no es en Murcia que sea donde tenga que ser —dijo el señor, orgulloso.

Tras aclarar otras cuestiones menores relacionadas con esa consulta se despidieron y salieron los dos de la oficina. Apenas un par de segundos después de cerrarse la puerta ésta volvió a abrirse.

—¡Gracias! —dijo el chaval casi en un susurro y con una sonrisa de oreja a oreja.

jueves, 21 de julio de 2022

El jamón que salvó la expedición al Broadpeak

El jamón y las imperiales de Lorca protagonistas de esta historia.


No descubro nada diciendo que el jamón es un manjar de primer nivel pese a su poco atractivo envase, pero lo que no podían imaginar los componentes de la expedición deportivo-científica que escaló el Broadpeak era que un jamón salvaría la expedición.

Un estetoscopio de altura

Con la intención de probar en altura un estetoscopio electrónico conectado por satélite, en 2007 un equipo mixto de investigadores y escaladores, entre los que se encontraba el profesor de la UMU Felix Gómez de León, se embarcó en la aventura de ascender al Broadpeak, una montaña de más de 8.000 m., del Karakórum, en el Himalaya, entre China y Pakistán.

La presencia del jamón en la expedición tiene su pequeña intrahistoria, pues se justificaba como parte del patrocinio en especie, pues no hubo otro, que una conocida marca de cárnicos realizó al proyecto.

—Dinero no, pero llévense todo lo que puedan cargar en sus manos —dijo el tipo que despachó el asunto del patrocinio.
—Vale.
—La máquina del café no, joder, solo productos cárnicos.
—Perdón, perdón.

El kit de supervivencia

Tampoco fue fácil conseguir que la porcina pata llegara a Pakistán sana y salva, pues no es el tipo de producto que pasa con facilidad por una y otra de las varias fronteras que hay entre España y Pakistán. Y ahí entran en juego la imaginación e inventiva españolas. Un barril de ésos de plástico azul con el cartel de “Survival Kit” alojaba en su interior vendas, medicinas y otros útiles de sanidad básica, pero también, y más cerca del fondo, lejos de los ojos escrutadores de los controladores de aduanas, otros productos de supervivencia más mundanos, como nuestro jamón y un buen surtido de imperiales de Lorca y otros fiambres.

El Campo Base en el Broadpeak

Nuestro modesto papel en aquella misión consistía en servir de enlace de comunicación, de forma que desde el Campo Base Félix nos enviara las crónicas del día a día, y nosotros nos encargaríamos de publicarlas en una web que a tal efecto habíamos creado.

Crónicas menguantes

Al poco de llegar nuestros científicos-alpinistas a Pakistán comenzamos a recibir las crónicas prometidas. El primer contratiempo relacionado con nuestro jamón y el resto de víveres fue que, al no tratarse de un ser vivo, al menos en ese momento, su viaje discurrió por cauces diferentes a los de la expedición. Así, la llegada de estos víveres se dilató más de lo esperado, y los primeros días de nuestros compañeros transcurrieron a base de agua y galletas Oreo.

Con el paso de los días fui notando que las crónicas cada vez eran más breves y con una redacción más atropellada. Los alpinistas, tras diez días de marcha de aproximación, una vez alcanzado el Campo Base, se habían visto atrapados en una racha de días de mal tiempo, en los que era imposible intentar abordar la cumbre del Broadpeak. Ese hecho, tal vez, justificara la brevedad creciente de las historias, pues en un Campo Base, mientras se espera una ventana de buen tiempo, no ocurre gran cosa reseñable. Lo que no me cuadraba tanto era que los textos cada vez parecieran más atropellados, como redactados con prisa cuando, otra cosa no, pero tiempo tenían todo el tiempo del mundo nuestros compañeros mientras esperaban la llegada del buen tiempo.

El estetoscopio adaptado a funcionar en grandes alturas

El jamón y la conectividad por satélite

No fue sino tras el retorno de la expedición, una vez alcanzada la cumbre y realizadas las pruebas con el estetoscopio, cuando descubrimos el significativo papel del jamón, del que no nos hemos olvidado. Resultó que el ibérico desempeñó un papel importante a la hora de lograr conectividad vía satélite. Y no, no ponga usted esa cara, que no es que se usara aquella pata de cerdo como remedo de antena ni nada parecido.

Por algún tipo de cuestiones tecnológicas que no recuerdo bien, la expedición de la Universidad de Murcia tuvo un problema de compatibilidad técnica entre el ordenador portátil y el teléfono satélite que alquilaron en Pakistán. Algo así como que los puertos de conexión no eran compatibles. El caso es que, para lograr conectarse a Internet nuestros intrépidos alpinistas tuvieron que tirar de prestado y usar el teléfono satélite de una expedición italiana con la que compartían campo base. El acuerdo de intercambio de servicios al que llegaron españoles e italianos consistía en que mientras los murcianos hacían suyo el teléfono satélite de los italianos, éstos podrían hacer uso y disfrute del jamón. Y, claro, solo cuando supimos ese aspecto entendimos el por qué de la evolución de la duración y estilo de los mensajes: conforme iba menguando el jamón aumentaba la presión sobre el tiempo de conexión.

Aún me imagino el rostro preocupado del bueno de Félix, con un ojo en el teclado y otro en el grupo de italianos que esquilmaban sin pudor alguno aquella delicia cárnica.

En el momento de hacer cumbre en el Broadpeak (8.000 m.)

No haría mucho que los montañeros habrían iniciado el camino de vuelta a casa cuando recibí en mi teléfono de la UMU una llamada de esas en las que el número del interlocutor no cabe en la pantalla del terminal. Así supe que era Félix quien llamaba para dar cuenta del éxito de la aventura.

—Todo bien entonces ¿no? —le pregunté.
—Sí, salió todo bien, pero como siempre ha habido algún pequeño contratiempo.
—Lo importante es que todo saliera bien y lleguéis sanos a casa.
—Sí, gracias al jamón —fue la enigmática despedida de Félix de aquella breve conversación, en la que aún no aportó más datos sobre la responsabilidad de la dichosa patita de cerdo en el éxito del proyecto.

Decididamente, pensé, el mal de altura hace mucho daño a los alpinistas.

La UMU en el Broadpeak


viernes, 15 de julio de 2022

Philip Marlowe, detective taurino

Una especie de Philip Marlowe buscaba a un tipo por "hacer la luna".

Esta historia bien podría haber sido una de detectives, pero se quedó en algo bastante más cutre. Una mañana oí cómo mi compañero atendía a un usuario, y me pareció que tartamudeaba un poco, algo que solo le ocurría cuando se ponía nervioso. Me levanté de mi mesa y salí de mi despacho para ver qué ocurría.

Afuera, mi compañero hablaba con un tipo disfrazado de señor de incógnito: gafas de sol (incluso dentro de la oficina), una gabardina gris con las solapas abiertas y el lenguaje corporal quien está resolviendo un asunto importante. De haber llevado un sombrero de fieltro habría sido la reencarnación castiza de Humprey Bogart haciendo de Philip Marlowe.

Crucé una mirada con mi compañero y noté su preocupación, así que le sugerí al tipo que repitiera su historia para mí.

—Estoy buscando a un estudiante de Veterinaria —dijo el Marlowe murciano.

—Pues en la facultad —dije señalando con el pulgar a mis espaldas— hay muchos.

Pero no, no buscaba a uno cualquiera. Solo fue capaz de dar un nombre y un apellido, ambos bastante corrientes, pues se llamaba algo así como Antonio Martínez, y estudiaba en algún curso de la carrera de Veterinaria.

—¿Y para qué lo busca? —quise saber yo.

—Porque estuvo en la finca para hacer la luna.

Nos miramos mi compañero y yo, con la mutua esperanza de que el otro hubiera entendido la enigmática frase.

—Supongo que no hablamos de los cristales de un coche —dije yo, dejándole claro al tipo que aquello no iba a ser ni tan rápido ni tan sencillo como él había imaginado al entrar en la oficina.

Marlowe no se tomó a mal mi sandez y nos explicó que lo de hacer la luna era algo que tenía que ver con el mundo de los toros, que lo practicaban algunos aprendices de torero en las noches de luna llena, y que por lo visto estaba muy mal.

—Si toreas al toro antes de llegar a la plaza lo maleas y ya no sirve.

—¿Y por qué no sirve? —pregunté yo, más por incordiar que otra cosa.

—Cuando se le ha toreado una vez el animal ya conoce el engaño del capote, no entra al trapo y puede cornear al torero.

Conté hasta tres para no contestar lo que estaba pensando. No repliqué. Yo estaba tentando mi suerte y, al fin y al cabo, aquel remedo de personaje de Raymond Chandler hasta el momento había sido pacífico y paciente, y nunca se sabe cómo puede reaccionar un tipo que es capaz de vestirse de esa guisa en pleno siglo XXI.

Decidí que ya lo había toreado bastante —perdónenme la metáfora fácil—, y que era momento de despachar al detective, o lo que fuera ese tipo.

—No podemos darle esa información. La Ley de Protección de Datos Personales, ya sabe —dije poniendo cara de póquer.

—¿Y en la secretaría de la facultad tendrán esa información? —dijo él sin mostrar atisbo alguno de haber entendido mi respuesta.

—Seguro que la tienen, pero le van a decir lo mismo que yo —. En realidad, en secretaría lo más probable era no le permitieran perder el tiempo haciéndole contar la historia, y se limitarían a negarle la información, sin más ceremonias.

No sé si Marlowe llegó a encontrar al alumno que buscaba, pero tengo claro que no quería darle las gracias, precisamente.

No fue el primero ni el último usuario que intentó conseguir información a la que no tenía derecho, pero sí el primero con el que tuve que hacer un esfuerzo para no reírme en su cara.

viernes, 8 de julio de 2022

La cabra

La proximidad de la oficina de información al hospital veterinario generó varias historias sabrosas. Un día oí cómo aparcaba en la puerta un vehículo grande, un camión o una furgoneta, y unos segundos después entró en la oficina un tipo con una cabra muerta a hombros.

—¿Dónde te dejo la cabra? —dijo el tipo mientras buscaba con la mirada un lugar que le pareciera apropiado para depositar el cadáver del pobre bicho.

¿Cabra? ¿Una cabra? ¿Pero qué coj…?

—No, no. Aquí no pero… ¿dónde va con eso, hombre? —le dije estupefacto.
—Que se me han muerto ya ocho o nueve. Las llevo ahí en el camión ¿Te las voy dejando aquí?

No fui capaz de decir nada durante unos segundos. Por aquél entonces yo era joven e inexperto, y apenas contaba con unas pocas semanas de experiencia como trabajador de la oficina de información que el SIU tenía entonces en los bajos de la Facultad de Veterinaria.

—No, no. Aquí no es. No sé de qué va eso pero aquí no es.

El tipo de la cabra no tenía pinta de estar dispuesto a irse de allí sin dejarme el regalo caprino.

—Pues a mí me han dicho que le deje las cabras aquí para que las analicen.
—Aquí no creo.
—Yo se las dejo aquí y ya ustedes van viendo qué hacen con ellas —dijo él haciendo el gesto de descargar la cabra de sus hombros.
—Que no, que no ¿cómo la va a dejar aquí?
—¿Esto no es el hospital veterinario?

Acabáramos. De la impresión me había quedado en blanco. Volví a olvidar que estábamos en los bajos de la Facultad de Veterinaria, y el tipo quería ir al Hospital veterinario, situado a la vuelta de la esquina.

Me costó sacarlo de allí, pero pude convencerlo de que solo tenía que ir unos metros más allá. El tipo parecía tener menos ganas que yo de estar en contacto con la pobre cabra.


 

 


Estudiar fuera

El chaval entró en la oficina con aire indeciso, mirando a un lado y otro, con el típico aire de quien se mueve en el terreno de lo clandest...