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El jamón y las imperiales de Lorca protagonistas de esta historia.
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No descubro nada diciendo que el jamón es un manjar de primer nivel pese a su poco atractivo envase, pero lo que no podían imaginar los componentes de la expedición deportivo-científica que escaló el Broadpeak era que un jamón salvaría la expedición.
Un estetoscopio de altura
Con la intención de probar en altura un estetoscopio electrónico conectado por satélite, en 2007 un equipo mixto de investigadores y escaladores, entre los que se encontraba el profesor de la UMU Felix Gómez de León, se embarcó en la aventura de ascender al Broadpeak, una montaña de más de 8.000 m., del Karakórum, en el Himalaya, entre China y Pakistán.
La presencia del jamón en la expedición tiene su pequeña intrahistoria, pues se justificaba como parte del patrocinio en especie, pues no hubo otro, que una conocida marca de cárnicos realizó al proyecto.
—Dinero no, pero llévense todo lo que puedan cargar en sus manos —dijo el tipo que despachó el asunto del patrocinio.
—Vale.
—La máquina del café no, joder, solo productos cárnicos.
—Perdón, perdón.
El kit de supervivencia
Tampoco fue fácil conseguir que la porcina pata llegara a Pakistán sana y salva, pues no es el tipo de producto que pasa con facilidad por una y otra de las varias fronteras que hay entre España y Pakistán. Y ahí entran en juego la imaginación e inventiva españolas. Un barril de ésos de plástico azul con el cartel de “Survival Kit” alojaba en su interior vendas, medicinas y otros útiles de sanidad básica, pero también, y más cerca del fondo, lejos de los ojos escrutadores de los controladores de aduanas, otros productos de supervivencia más mundanos, como nuestro jamón y un buen surtido de imperiales de Lorca y otros fiambres.
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El Campo Base en el Broadpeak
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Nuestro modesto papel en aquella misión consistía en servir de enlace de
comunicación, de forma que desde el Campo Base Félix nos enviara las
crónicas del día a día, y nosotros nos encargaríamos de publicarlas en
una web que a tal efecto habíamos creado.
Crónicas menguantes
Al poco de llegar nuestros científicos-alpinistas a Pakistán comenzamos a recibir las crónicas prometidas. El primer contratiempo relacionado con nuestro jamón y el resto de víveres fue que, al no tratarse de un ser vivo, al menos en ese momento, su viaje discurrió por cauces diferentes a los de la expedición. Así, la llegada de estos víveres se dilató más de lo esperado, y los primeros días de nuestros compañeros transcurrieron a base de agua y galletas Oreo.
Con el paso de los días fui notando que las crónicas cada vez eran más breves y con una redacción más atropellada. Los alpinistas, tras diez días de marcha de aproximación, una vez alcanzado el Campo Base, se habían visto atrapados en una racha de días de mal tiempo, en los que era imposible intentar abordar la cumbre del Broadpeak. Ese hecho, tal vez, justificara la brevedad creciente de las historias, pues en un Campo Base, mientras se espera una ventana de buen tiempo, no ocurre gran cosa reseñable. Lo que no me cuadraba tanto era que los textos cada vez parecieran más atropellados, como redactados con prisa cuando, otra cosa no, pero tiempo tenían todo el tiempo del mundo nuestros compañeros mientras esperaban la llegada del buen tiempo.
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El estetoscopio adaptado a funcionar en grandes alturas
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El jamón y la conectividad por satélite
No fue sino tras el retorno de la expedición, una vez alcanzada la
cumbre y realizadas las pruebas con el estetoscopio, cuando descubrimos
el significativo papel del jamón, del que no nos hemos olvidado. Resultó
que el ibérico desempeñó un papel importante a la hora de lograr conectividad vía satélite. Y no, no ponga usted esa cara, que no es que se usara aquella pata de cerdo como remedo de antena ni nada parecido.
Por algún tipo de cuestiones tecnológicas que no recuerdo bien, la expedición de la Universidad de Murcia tuvo un problema de compatibilidad técnica entre el ordenador portátil y el teléfono satélite que alquilaron en Pakistán. Algo así como que los puertos de conexión no eran compatibles. El caso es que, para lograr conectarse a Internet nuestros intrépidos alpinistas tuvieron que tirar de prestado y usar el teléfono satélite de una expedición italiana con la que compartían campo base. El acuerdo de intercambio de servicios al que llegaron españoles e italianos consistía en que mientras los murcianos hacían suyo el teléfono satélite de los italianos, éstos podrían hacer uso y disfrute del jamón. Y, claro, solo cuando supimos ese aspecto entendimos el por qué de la evolución de la duración y estilo de los mensajes: conforme iba menguando el jamón aumentaba la presión sobre el tiempo de conexión.
Aún me imagino el rostro preocupado del bueno de Félix, con un ojo en el teclado y otro en el grupo de italianos que esquilmaban sin pudor alguno aquella delicia cárnica.
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En el momento de hacer cumbre en el Broadpeak (8.000 m.)
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No haría mucho que los montañeros habrían iniciado el camino de vuelta a casa cuando recibí en mi teléfono de la UMU
una llamada de esas en las que el número del interlocutor no cabe en la pantalla del terminal. Así supe que era Félix quien llamaba para dar cuenta del éxito de la aventura.
—Todo bien entonces ¿no? —le pregunté.
—Sí, salió todo bien, pero como siempre ha habido algún pequeño contratiempo.
—Lo importante es que todo saliera bien y lleguéis sanos a casa.
—Sí, gracias al jamón —fue la enigmática despedida de Félix de aquella breve conversación, en la que aún no aportó más datos sobre la responsabilidad de la dichosa patita de cerdo en el éxito del proyecto.
Decididamente, pensé, el mal de altura hace mucho daño a los alpinistas.
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La UMU en el Broadpeak
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